Unidos en la Misión

La Familia Salvatoriana es una expresión del carisma, del don del Espíritu, dado al Padre Jordán para la Iglesia.  Nuestras raíces comunes están en la Sociedad Apostólica Instructiva, fundada por el Padre Jordán el 8 de Diciembre de 1881 en Roma. Sus primeros miembros fueron sacerdotes diocesanos. Teresa von Wüllenweber (más tarde la Beata Madre María de los Apóstoles) se comprometió con esta Sociedad en 1882. Un gran número de laicos de todas las edades se unieron a esta fundación.  

Hoy la Familia Salvatoriana tiene tres ramas autónomas:

  • la Sociedad del Divino Salvador,

  • la Congregación de las Hermanas del Divino Salvador,

  • la Comunidad Internacional del Divino Salvador.

Por medio de nuestro compromiso nos unimos a la misión soñada por nuestro Fundador, la de formar una familia de celosos apóstoles que anuncian a todos, la salvación manifestada en Jesucristo. (Tito 3,4).  Así como el proyecto original del Padre Jordán se desarrolló con el tiempo, estamos abiertos a ir donde  el Espíritu nos lleve en el futuro.

Vivimos nuestra vocación en igualdad y complementariedad, de acuerdo a nuestros diferentes estados de vida, dones y culturas.

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Declaración de la Familia Salvatoriana

PREFACIO

Mientras haya sobre la tierra una sola persona
que no conozca a Dios,
y no le  ame sobre todas las cosas,
no puedes permitirte un solo instante de descanso.

Mientras Dios no sea glorificado en todas partes
no puedes descansar ni un solo momento.

Mientras no sea alabada en todas partes
la Reina del cielo y de la tierra,
no puedes descansar un solo instante.

Ningún sacrificio, ninguna cruz,
ningún abandono, ninguna prueba, ninguna tentación,
¡oh! Absolutamente nada sea demasiado difícil para ti
con la ayuda de la gracia de Dios.
Todo lo puedo en Aquel que me fortalece.

Ninguna traición, ninguna infidelidad,
Ninguna frialdad ni burla apaguen tu celo.

Por el contrario, todo por Dios, con Dios y para Dios.
Todos los pueblos, razas, naciones y lenguas,
alabad al Señor nuestro Dios.

¡Ay de mí, oh Señor,
si no te doy a conocer a las personas ¡

¡Oh Señor: ayúdame, muéstrame el camino!
sin Ti no puedo nada;
todo lo espero de Ti;
en Ti, oh Señor, he puesto mi esperan­za;
no seré confundido eternamente.

Ora continuamente con la más profunda humildad
y con la máxima confianza. Que nada te aparte de esto.

Padre Francisco María de la Cruz Jordán
Diario Espiritual II, 1-2   20 de Diciembre de 1894